La semana pasada estuve en el 6º Congreso de los Vinos Rosados en Fuensaldaña.
El castillo de este lugar fue el escenario perfecto para el evento. La organización estuvo impecable, pudimos probar un montón de vinos rosados diferentes y el catering estuvo de lujo.
Ferran Centelles dio una charla muy interesante, y las mesas de debate me parecieron sublimes, sobre todo por la variedad de perfiles que participaron: enólogos, sumilleres, un representante de la Guía de Vinos Gourmet, el presidente de los consejos reguladores, gerentes de algunas D.O. y un consultor.
¿Qué fue lo que más me llamó la atención? Sin duda, la intervención de José Carlos Álvarez, un enólogo muy reconocido. Hizo un llamamiento a todos los productores de rosados, no solo de Castilla y León, sino de toda España, para que trabajaran juntos con un objetivo claro: no solo mantener las ventas, sino aumentar el consumo de rosados. Habló de abrir nuevos mercados y de acabar con los tópicos de siempre: que el rosado es solo para mujeres o gente mayor, que es de menor calidad, que es una mezcla de blanco y tinto o que nadie sabe con qué maridarlo. Además, sigue existiendo la idea de que tener más de dos o tres rosados en una carta de vinos no es muy «cool».
Impulsar una iniciativa así requiere inversión, pero si todos los productores se ponen de acuerdo, los costes se podrían asumir. Para darle un giro a la imagen del vino rosado, haría falta una buena agencia de marketing que supiera cómo conectar con el público y cambiar su percepción. Y, por supuesto, los anuncios tendrían que estar en los medios más influyentes y en horarios clave.
Parece complicado, pero no es imposible. Hay ejemplos de bebidas que, con la estrategia adecuada, pasaron de ser «meh» a estar en todas partes. Miremos el caso de Jägermeister.
Mi padre siempre tomaba un chupito de Jägermeister después de una comida pesada. Originalmente era un licor pensado para cazadores (de hecho, «Jäger» significa «cazador» en alemán) y lleva 56 hierbas. Cuando lo probé por primera vez, me pareció malísimo. Pero la marca supo reinventarse: cuando la venta de digestivos estaba en declive, animaron a la gente a mezclarlo con bebidas energéticas y refrescos. Y boom, la Jägerbomb con Red Bull se convirtió en un éxito brutal.
Otro ejemplo curioso es el agua con gas. Antes, era algo que solo bebían unos pocos, pero con una buena campaña de marketing, ahora Solán de Cabras con gas se ha vuelto algo «cool». En lugar de venderlo como «agua con burbujas», lo presentan como «una bebida inesperadamente crujiente». Y claro, la percepción cambia.
Aquí tenéis el anuncio:
Entonces, ¿por qué no hacer lo mismo con el vino rosado? Hay mil maneras de darle un aire nuevo y hacer que conecte con la gente joven, que siempre está en busca de experiencias diferentes. ¿Qué tal un Spritz con rosado y Aperol? ¿O una sangría a base de vino rosado? Las opciones son infinitas.
Para que esto funcione, hay que cambiar la narrativa: el rosado es fresco, versátil y tiene una variedad de colores y aromas brutal. Hay que atreverse a probarlo y descubrir todas sus posibilidades, desde el clásico rosado color frambuesa hasta los pálidos estilo Provenza.
Tengo clarísimo que el vino rosado tiene un potencial enorme y que quienes lo elaboran son verdaderos artistas. Ahora, el reto es convencer a la gente de que es una elección moderna, atractiva y totalmente actual. No será fácil, pero sin duda vale la pena intentarlo.






