Cerveza «sin»… pero con alcohol.
Una cerveza «sin» puede contener hasta un 0,9 % de alcohol y seguir llamándose «sin». Una 0,0, en cambio, deja mucho más claro que hablamos de otra cosa. Si para saber si una cerveza lleva alcohol tengo que conocer las excepciones y buscar la letra pequeña, la etiqueta no me está informando: me está obligando a descifrarla.
«Extra Seco»… pero con más azúcar.
Con el cava ocurre algo parecido. Un «Extra Seco» puede tener entre 12 y 17 gramos de azúcar por litro, más que un Brut. El nombre lleva fácilmente a pensar que es más seco, cuando la realidad es otra. Otra vez, el consumidor necesita conocer la clasificación al detalle para interpretar correctamente algo que debería ser evidente en la etiqueta.
La madera que no aparece.
Y con la madera, la situación vuelve a repetirse. Se pueden utilizar chips, virutas o trozos de madera para aportar aromas y sabores al vino sin que el consumidor encuentre esa información claramente en la etiqueta. No cuestiono que se utilice esa técnica; cuestiono que yo pueda beber un vino sin tener una información clara sobre cómo se ha conseguido el resultado que estoy percibiendo.
Y ahí está el problema que une los tres casos: la etiqueta debería ser la herramienta que nos permita saber qué estamos comprando, no un acertijo que tenemos que aprender a interpretar. «Sin» puede llevar alcohol, «Extra Seco» puede tener más azúcar que un Brut y un vino puede tener aportes de madera sin que resulte evidente cómo se han conseguido.
Al final, todo queda en manos del consumidor: investiga, aprende las categorías, busca la letra pequeña y descubre las excepciones. Y mientras tanto, la etiqueta sigue haciendo su trabajo: decir lo suficiente para cumplir, pero no necesariamente lo suficiente para que el consumidor entienda.
Que algo sea legal no significa que sea transparente. Y cuando una etiqueta necesita ser descifrada para saber realmente qué estás comprando, la información ya ha dejado de estar al servicio del consumidor.




